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Lo común sin comunidad. Notas de una zozobra
Ilustración del artículo. Forma abstracta con perfiles de rostros
Fotografía de Mónica Larrañaga
Mónica Susana  
Larrañaga
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Pensar se ha vuelto, cada vez más, una actividad solitaria, incluso cuando tiene lugar entre otros.

La comunidad nunca fue un hecho. Lo sabemos. Nunca existió como cuerpo compacto ni como armonía estable. Y, sin embargo, durante mucho tiempo operó como marco de inteligibilidad desde el cual se pensaron instituciones, políticas de cuidado y modos de nombrar el conflicto. No porque la comunidad estuviera ahí, sino porque la interdependencia no se formulaba como problema. Era la condición misma en la que la vida tenía lugar.

Eso no eliminaba tensiones. Pero las volvía legibles.

Hoy cada trayectoria debe justificarse por su desempeño. Las dificultades se leen primero como déficit personal. La exposición se vuelve vergonzante. El cálculo precede al vínculo.

¿En qué momento empezamos a llamar error a lo que era conflicto vital?

Lo común no desapareció. Se volvió difícil de habitar. Persiste en la precariedad compartida, en el desgaste que atraviesa trayectorias distintas, en una fragilidad que ya no se deja inscribir en una historia individual. No porque haya dejado de existir, sino porque se han deshecho los modos en que podía tomar forma sin quedar reducido de inmediato a lo ya disponible.

Aparece cuando la autosuficiencia no alcanza. Cuando el rendimiento no basta. Cuando lo que se repite no es una mala decisión sino una condición.

Entonces irrumpe.

No como proyecto compartido.

Como desborde.

Un desborde que no encuentra mediación suficiente. Se intenta, con mayor o menor forzamiento, convertirlo en caso, en expediente, en asistencia. Se lo corrige. Se lo gestiona. Y en ese mismo movimiento el poder controla el sentido, delimitando lo que alcanza a ser reconocido sin poner en cuestión el orden que lo produce.

Pero el conflicto no desaparece.

Hoy la experiencia se vuelve inestable. En el extremo, lo factual queda en entredicho.

¿Ver para creer? ¿Lo has escuchado de su boca? ¿Las instituciones —académicas, judiciales— garantizan aún pruebas con protocolos fiables?

No estamos hablando aquí tan solo de vínculos más frágiles. Ponemos sobre la mesa la alteración de aquello que hacía posible reconocer lo que ocurre como parte de un mundo compartido.

Aun así, lo común persiste.

La disposición a habitarlo no.

Algo insiste. No se deja resolver del todo. Vuelve, se repite, no encuentra forma.

Queda, más bien, en ese punto en que lo vivido no logra volverse experiencia y lo pensado no encuentra con quién sostenerse.

¿Es posible habitar lo común sin comunidad?

Tal vez esa pregunta no se responda en soledad. Tal vez requiera un nosotros todavía impreciso, pero que puede empezar a tomar forma en el mismo acto de pensar en común.